Tan cerca, tan lejos

Ángel de la Calle
Editorial Reino de Cordelia
 2017


 

El extravío es el fantasma que recorre las páginas de Pinturas de guerra, un viaje narrativo de Angel de la Calle a un tiempo muy próximo, principios de los 80 del pasado siglo,  aunque la volatilidad de la memoria , o la liquidez del presente, lo sitúen lejano. Extravío que domina la vida de cuatro de sus protagonistas: Marga (chilena), Matías ( bonaerense), Enrique (uruguayo), y Barragán( mexicano) militantes de la izquierda “revolucionaria” perdidos en el exilio, extraños en una sociedad extraña. Derrotados que intentan prolongar su combate por medio del arte en las paredes de un París que vive intentando acallar los ecos del final del mayo del 68, y su promesa de que todo era posible, y ocultar los de la guerra de independencia de Argelia. Restos de un naufragio colectivo y personal que incorporan recuerdos que envenenan su presente como supervivientes de la represión y la tortura y como miembros de un ejercito fracasado. En un presente sin el norte de la revolución imaginada y el pasado no sólo no es ningún refugio sino que los persigue con saña. Son representantes de los sueños convertidos en pesadilla de esa parte de la izquierda latinoamericana que fracasó en su vanguardista asalto armado a los cielos, o del mal planificado y ejecutado intento de escapar del infierno de injusticia desoladora, de gobernantes autoritarios y corruptos, de militares golpistas y del, casi omnisciente, dominio agobiante de los yanquis. Marga, Matías y Enrique son pintores que se convirtieron en guerrilleros, del MIR, Montoneros y Tupamaros respectivamente, que subsumieron su militancia artística en la militancia política y que en el exilio la recuperan como “autorealistas” pegando serigrafías, o fotocopias intervenidas de siempre los mismos rostros, sus autorretratos  y el de Antonin Artaud. ¿Por qué? Como contestación al expresionismo abstracto yanqui impuesto con ayuda de la CIA que dice que hay que sacar al ser humano del cuadro. Para cubrir calles y fábricas con el verdadero rostro del hombre. Que el rostro hable, contesta Marga, mientras que Enrique confiesa No puedes pintar el rostro huidizo de la revolución ni de Abril, su pareja sentimental y de militancia, te autorretratas. Respuestas  que se complementan con el discurso de esas imágenes (página 245) que contrastan el rostro encapuchado, anulado,  del torturado y el rostro descubierto del autorretrato. La capucha niega la mirada propia y  anula la ajena, niega a la víctima la consideración de persona; mientras que el autorretrato es una forma de reivindicar su historia, su existencia personal y colectiva, como parte de la Historia. Barragán es por su parte un superviviente de la matanza de la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco en Mexico, también en el 68 pero en Octubre. Comparte con los otros tres el arte, la voluntad de cambio, la derrota, la represión, el exilio y el haber caminado por el Hades y conservarlo aun dentro de si mismo. Pintor que pinta sin cesar el mismo cuadro, objeto de codicia de coleccionista. Prisionero de la soledad, que comparte con un fantasma, también comparte con Enrique, Matías y probablemente también Marga que la muerte es su mejor salida a la no vida.   

Son personajes que conocemos de la mano del autor, convertido así mismo en personaje verosímil en la ficción aunque imposible en ese tiempo, e improbable por su poco hablar y su creencia en que los tebeos son para niños. Un personaje que se incorpora, en el segundo capítulo, al relato gracias a una confusión de direcciones: otro extravío . Ángel personaje  asume el papel de espectador, algo confuso en ese mundo lleno de cameos y referencias artísticas, mientras acopia información sobre la actriz Jean Seberg con la intención de entender porque teniendo todo lo que ofrece el sueño americano, sintió que la felicidad era otra cosa. Así, el autor, en ese capítulo se coloca en el papel del lector que busca saber más, conocer el ¿qué? y el ¿por qué? de los autorealistas, en especial de Marga. El capítulo siguiente nos narra el pasado que explica ese presente con los relatos que dan respuesta a buena parte de esos interrogantes. Aunque hay que volver al principio del libro, a la narración con que se inicia para acabar de aclarar las incógnitas, o acercarse a ello. En esa historia, basada en hechos reales, en una misma casa y en un mismo momento conviven el mundo del arte con su glamour y saturación de egos en las salas nobles con el del horror de la tortura en el sotano, de forma que otro extravío evidencia la vecindad y la conexión entre los dos mundos. Esta especie de prólogo lo protagonizan un crítico de arte y dos torturadores, ejemplares humanos que, a pesar de sus diferencias de status y oficio, tienen en común saber donde están o donde quieren estar: con el poder. El primero lo hace, aunque sea a costa de negar la realidad, de aceptar convivir con la barbarie. Los segundos: la practican directamente, son escoria humana que se alimenta del terror ajeno y que seguirán, como se narra en el epílogo, sirviendo al orden incluso tras la caída de Pinochet. ¿Nos suena de algo esta situación?   

En este continuo tejer de relatos recordados, imaginados o recreados, que es Pinturas de guerra, la relación del arte con la vida y la política es otra protagonista, no sólo por medio de los autorealistas sino también con Guy Debord y los situacionistas, con su  pretensión de cambiar la vida cotidiana con sus actuaciones “artístico-políticas”; con Godard y su concepción política del arte, con las falsificaciones que también pueden verse como burla del intento de poseer en exclusiva la obra artística, o con los falsos discursos críticos sobre el arte conceptual. Y claro está Jean Seberg, que también tiene su capítulo, el cuarto: apuntes de su biografía, trazos de una vida que nos recuerda a Tina Modotti como mujer objeto de deseo y sujeto artista crítico con el sistema. 

De lo escrito creo que se puede deducir que la lectura de esta obra no tiene porque seguir el orden de sus capítulos; el relato no se altera si se cambia aquel, sólo ofrece nuevos matices, porque la arquitectura del libro es a la vez abierta y coherente. Es como una ciudad que se puede recorrer en muchos sentidos, pero sus calles, incluso los pasajes,  siempre acaban conectadas. En este caso el libro lo configuran relatos de mayor o menor trazado que el autor liga entre si con la visión de un apasionado y sabio urbanista narrativo

Pepe Gálvez 

 

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